Gloria
El joven Neocedes estaba orgulloso. Su carrera militar dentro del reino había sido rapidísima. Entró en la orden de los Caballeros de la Luz como escudero, sirvió a las órdenes de un viejo caballero. Este viejo caballero tenía un pasado glorioso, había combatido en las más recordadas batallas y siempre había sobrevivido; era uno de los hombres más condecorados. Neocedes tuvo suerte de servir a sus órdenes, le enseñó todo lo que sabía. Además el viejo caballero había impulsado al joven, ya que veía un futuro prometedor en él. Sin duda no se equivocaba.
Habían pasado los años en los que había sido escudero, ahora era un Gran Maestre dentro de la orden, el más joven de todos. Tenía la capacidad de dirigir a todo un ejército en el combate. Había llegado todo lo alto que podía llegar un plebeyo, pero quería más, quería convertirse en un aristócrata para que se le asignase la defensa de alguna fortaleza, alguna que estuviese localizada en la parte más septentrional del reino, pero este privilegio lo tenían tan solo los nobles de la orden.
Para poder convertirse en aristócrata tenía que realizar una gran proeza, una proeza tan gloriosa que todo el reino hablara de ella. Tenía que matar a un dragón. Quedaban pocos de estos seres, hacía cientos de años que no se les daba caza, después de la gran matanza los dragones tendieron a esconderse en las profundidades de la tierra junto con sus tesoros. Eran criaturas cobardes y poco inteligentes, Neocedes no creía que fuese complicado matar a uno de ellos, reconocía que sería peligroso pero saldría victorioso y eso le reportaría la gloria que necesitaba para poder convertirse en aristócrata. Sabía de la existencia de un dragón rojo en la zona del norte donde había numerosos volcanes, allí iría para dar caza a la criatura.
Comunicó sus intenciones a su rey, éste se quedó admirado por las intenciones del joven y le dijo a Neocedes que si le traía un diente del animal le otorgaría la gloria que buscaba. Al poco de recibir la respuesta de su rey el Gran Maestre partió a caballo a los volcanes del norte, sería un viaje corto de unos tres días.
Al llegar se encontró con una zona árida prácticamente sin vida, salvo por algún pequeño roedor, reptil y matorrales achaparrados. Se bajó del caballo y lo dejó libre. Sabia que el dragón tenía que salir a por comida en algún momento; así que buscó un refugio entre las rocas desprendidas en la ladera de uno de los volcanes inactivos que había y esperó. Pasó todo un día sin que sucediese nada, al amanecer del siguiente día escuchó un rugido procedente de un volcán que tenía en frente, del cráter surgió un gigantesco dragón rojo, olisqueó el aire y alzó el vuelo en busca de su comida; sin duda había olido al caballo de Neocedes. El Gran Maestre esperó a que el gran reptil se alimentara, sabía por los libros que había leído que después de comer los dragones se entregaban a un largo sueño. En menos de una hora el dragón había vuelto a su madriguera, en ese momento Neocedes salió y se encaminó a la guarida de su presa.
Encontró una cueva que se internaba dentro del volcán, avanzaba con cautela, no quería despertar al dragón. Si podía intentaría acabar con la vida del ser mientras dormía a pierna suelta, no era una forma honorable pero los dragones no se merecían honor alguno; eran criaturas estúpidas. Notaba el calor al profundizar en el volcán inactivo, la armadura se estaba convirtiendo en una carga, pero debía ser fuerte y resistir las adversidades; era un Gran Maestre, era el mejor soldado, aguantaría cualquier cosa con tal de obtener la gloria que merecía. Seguía profundizando en el volcán, vio que al final del túnel que estaba siguiendo había una luz rojiza, sin duda se trataba del magma. Llegó al borde, si miraba a la parte de arriba podía ver el sol del mediodía, pero al mirar hacia abajo veía el magma y al dragón. La gran bestia había establecido su nido sobre una gran roca que se encontraba sobre el magma y que estaba unida a las paredes del cráter por algunos sitios. Neocedes tendría que descender escalando, no veía otro camino posible; comenzó el descenso, estuvo a punto de caer pero en seguida se acordaba de lo que le esperaba cuando regresase con su presa y sacaba fuerzas para continuar.
Llegó al fondo, estaba exhausto, se tomó unos minutos para poder descansar. Mientras descansaba observaba a la bestia, era un ser enorme, pero no le asustaba en lo más mínimo. Cuando recobró el aliento se acercó, por suerte la cabeza del dragón reposaba en el suelo, desenvainó su espada y la descargó contra el cuello de la bestia. Lo que sucedió después dejó perplejo a Neocedes, la espada no había conseguido hacer ningún tajo sobre la bestia, las escamas habían absorbido el impacto; no había ningún rasguño en la piel del animal. Éste se irguió en la estancia del volcán, desplegó sus enormes alas y soltó un aterrador rugido. Neocedes sentía miedo, no era como había esperado, pero daba igual el dragón caería. El guerrero cargó contra el vientre del animal que había quedado al descubierto cuando se irguió, obtuvo el mismo resultado que antes. El dragón soltó una gran carcajada y miró maliciosamente al insignificante humano.
- Seguro que pensabas que matarme iba a ser un juego de niños – mientras hablaba dejaba escapar volutas de humo negro por sus fosas nasales –, que era una bestia estúpida con falta de raciocinio…
- Puedes hablar… los dragones no podéis hablar… sois bestias – Neocedes notaba que le estaba faltando el aire, no entendía nada –. Se supone que no sois nada más que bestias que dedican el tiempo a comer y dormir…
- No me interrumpas humano, si lo vuelves a hacer te mataré de la forma más atroz que puedas imaginar – descansó sobre sus cuatro patas y acercó peligrosamente su cabeza a Neocedes mientras dejaba al descubierto sus afiladas fauces –. Seguro que ni sabes que los dragones fuimos los que inventamos las artes arcanas que ahora vosotros osáis usar, seres insignificantes que fuisteis creados para nuestro sustento y divertimento – el guerrero se encontraba del todo asombrado por todo lo que estaba escuchando –. Seguro que tu insignificante cerebro piensa que nos matasteis a todos nosotros en las grandes batallas, eso fue lo que os hicimos creer escoria – el dragón murmuró unas palabras, Neocedes sabía que se trataba de un conjuro, en cuanto cesaron las palabras el guerrero ya no se podía mover –.
El gran dragón rojo escupió una bocanada de ardiente aliento que lanzó al Gran Maestre por los aires. Neocedes se había quedado sin aliento por el bestial golpe, su armadura humeaba, algunas partes de la misma se habían fundido. Estaba conmocionado por el golpe y por todo lo que había oído. Cuando logró centrarse volvió a escuchar más palabras arcanas. Alzó la vista, lo que vio no le gustó, se veía a si mismo de pie completamente desnudo y con una amplia sonrisa.
- He dañado ligeramente la armadura, no podré entrar en tu ciudad con armadura relumbrante – el dragón cogió por el cuello al insignificante humano –. Dime patético humano ¿qué le entregarías a tu rey para demostrar que me mataste? – los ojos del ser que le sujetaba eran puro fuego –. Dímelo, no me hagas torturarte.
- Le pro… prometí… un diente… un diente del dragón – estaba a punto de desmayarse por la impresión de verse a si mismo, no entendía nada, maldecía el momento en el que decidió emprender esta empresa –.
- Eso es fácil, habrá alguno por este cráter – soltó a Neocedes y empezó a quitarle la armadura y las ropas –. Por fin me podré reunir con algunos de mis hermanos que están infiltrados dentro de los más grandes estamentos de tu sociedad, suplantamos vuestras identidades. Cuando llegue el momento os hundiremos para devolveros al lugar que es corresponde.
El gran dragón se había puesto las maltrechas pertenencias de Neocedes, se miraba su nuevo cuerpo como si estuviese asqueado de tener que permanecer en él. De pronto dejó de examinarse y reparó en la desnuda figura del Gran Maestre, se acercó a él, lo cogió por los hombros y lo arrojó al magma sin ningún tipo de miramiento.
Septiembre 18, 2007 at 5:03 pm
Dios que bueno! juas me encanta ^^ lo estaba leyendo y estaba pensando: algo típico… no sé es raro para epi , peor no llegué al final y me he sorprendido gratamente, no esperaba menos
Final impredecible jajaj . Te quedó genial, además con ese odio y asco hacia la raza humana que sabes que me encanta ^^ jeje.
SaLuDoSsSs!!!
Septiembre 19, 2007 at 8:47 am
Me alegro de que te haya gustado XD
Septiembre 20, 2007 at 8:01 pm
Coño, ya decia yo que el alcalde mi ciudad actuaba de una manera un tanto rara, a ver si va a ser un dragon camuflado xD
Me ha gustado pero me ha extrañado la ausencia de orcos xD
Septiembre 24, 2007 at 4:20 pm
Pues ten mucho cuidado muhahahahahahaha